Lista de la compra

Tengo una cadera más alta que la otra. Cuando sea un poco más mayor, caminaré encorvado como un árbol torcido lleno de odio, que busca regresar a su raíz materna cuanto antes. Así que tengo que ir al médico, o tendría que ir, pero no lo haré, no lo haré hoy ni mañana. No formará parte de mis objetivos inmediatos. No puedo poner orden en mi cabeza, por eso redacto listas de la compra, una tras de otra, buscando acaso ese equilibrio de las cosas que otorga dignidad y salva de la locura. Hoy tengo que comprar

1 Una lata de arroz

2 Un litro de agua mineral

3 Un esparadrapo

No, no tengo a nadie secuestrado en el sótano. Solo busco poner cierto orden en mi vida.

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¿Qué son nuestros padres?

Si nuestros hijos son la semilla, el símbolo de la fructificación, el vástago, el sarmiento, si nuestros hijos son el fruto fresco y joven, la primavera y el almendro, lo viviente y la promesa de lo nuevo, ¿qué son entonces nuestros padres?

Me lo pregunto a menudo, cuando paso por allí y miro de reojo la vieja mansión familiar, enroscada en torno a su decrépita escalera y techada por ese hosco sombrero negro al que llamamos ático de forma demasiado civilizada; allí, como animales prehistóricos o formaciones geológicas cansadas, se pudren los libros, los anaqueles, los álbumes de fotos; es la solidificación seca y ahumada de infancias y juventudes que nunca volverán. Más al fondo aún cavó mi padre un agujero donde poder acumular toda clase de objetos, cubiertos hoy con una manta roída y amarillenta, como efigies sagradas del pasado que han visto sumergir su culto en las tinieblas. En el centro del ático, hay una foto de cuando yo era niño, la sonrisa ingenua y voraz…es raro ver la foto ahí, rodeada de ese piélago herrumbroso que se arrastra hacia el más remoto pasado, para hundirse suave, silenciosamente en él…

¿Qué son entonces nuestros padres? La vara esbelta y antigua que se cimbrea en medio del camino, el hito que separa los desiertos. Un tronco noble y duro, una corteza ahumada que sin embargo cede con el tacto. Esos viejos árboles -secos, estériles- se inclinan hoy, lentamente, ante la severidad de la tierra, cubriendo la luz de última hora en su caída.

Hora del almuerzo

Hoy he comprado una cuerda para matarme, aunque luego estuve entretenido mirando las noticias del periódico mientras terminaba mi sandwich y de alguna manera se me pasó la idea de hacerlo. Además tenía una gran cola para atender tras regresar a mi puesto: todo eran viejas. Las viejas son unas sádicas y unas lunáticas. Mueven sus lenguas avejentadas tras esas pieles entumecidas que tienen por labios cada vez que mi cuchillo desciende sobre las escamas. Se relamen y se les erectan los pezones cuando piden que les corte en pedazos la merluza. Me da asco mirar a los pezones de las viejas, pero en este caso no puedo evitarlo, porque sé que les excitan los pescados triturados. No hace falta más mal en el mundo: con esto basta. Cansadas de parir y de fregar, las viejas malditas se restriegan los pechos con los peces. Puedo imaginarlas en bata, en la cocina, arrojando a la sartén el bicho como quien se quita las bragas delante de su amante. Luego van a misa a rezar y huelen a pescado, huelen a pescado en el interior de la iglesia. ¿Qué clase de falta de respeto a lo sagrado es esto? Por otra parte, me he dado cuenta de que con algunas piezas que venden en Ikea puedo fabricar una viga donde colgarme. Y resulta realmente barato.

Sopa de insectos

No dominamos nuestra lengua, de modo que es igualmente improbable que dominemos nuestros pensamientos. Es Junio, y el autobús va repleto de gente camino del trabajo, sin por qué. Miles, tal vez millones de insectos arden en el interior de las cabezas, insectos con forma de preocupaciones, confesiones o deseos malignos: el amor, la muerte, la enfermedad o el trabajo, el crimen, la vergüenza, el deseo inicuo y el vano afán, esas plagas de langostas que pueblan nuestras cabezas y arrasan la inteligencia y el juicio hierven ahora que el calor es intenso y la sensatez se evapora; miro con desconfianza al conductor, que se seca con un trapo el sudor de la frente y acelera en medio de la niebla caliente levantada por el asfalto, y me pregunto si tal vez esos insectos no se hayan transformado en violentos huracanes en el interior de su cabeza; el zumbido lacerante ha arruinado todo pensamiento claro en mi cerebro: tan solo una lluvia ácida domina mis sentidos, un temblor que sacude mis órganos y una ceguera física y espiritual que me sujeta como el yugo de una borrachera. Las palabras se disuelven como el polvo cada vez que trato de pensar,

pero hay que terminar lo empezado, aunque sea cruel. Aunque sea viernes, y los cuerpos vacíos se arrastren hacia sus hogares para comulgar con sus compañeros de prisión. Miro las lenguas volcánicas ,las curvas tersas de los senos, los labios rojos y carnosos, las piernas solo cubiertas por una tela transparente y minúscula y pienso que ni siquiera en el interior del sol hará tanto calor, me hierve la polla, pero yo ya soy un hombre con responsabilidades, un hombre que tiene un deber moral que realizar y al que está encadenado como un perro a una cadena oxidada. De mí están ausentes los placeres y las ebriedades, el éxtasis que recuerda la vida: mis deberes son moscas negras que rotan ciegamente sobre mí; nada sentiría si me clavasen un cuchillo. Soy una piel seca que se arrastra sin esperanza sobre el asfalto.

Casi tropiezo con el pellejo de un gato muerto. El calor ha hecho que los insectos se pongan bien temprano manos a la obra. Recuerdo la nuca del conductor y su mano alejando la mosca. No le sirvió de nada. Regresó una y otra vez a su cuello hasta que la víctima abandonó por imposible su defensa.

Tejer el hilo que no cesa

Pude comprar ‘Esa visible oscuridad’, de William Styron, pero una extraña pesadumbre cayó sobre mí como una oscura e inevitable maldición. Todos los libros a mi alrededor eran cajas con pulgas, pequeños ataúdes repletos de escoria maloliente y húmeda. Hace mucho calor ahí afuera, le dije a Natalia. Ella había descendido mucho antes que yo, y lo mejor de todo es que lo había hecho con una más profunda sabiduría- incluso para descender hay un arte y un talento, que no todos poseemos- y su rostro de piedra había abandonado hacía tiempo este montón de hojas secas y amarillas que llamamos vida; pero yo permanecía en la orilla, en la costra, sufriendo esa indigestión que se empeña en revelarnos la imbatible inanidad en que consiste todo, y sin la capacidad para forzarla hasta sus últimas consecuencias. Por eso yo sigo siendo un esclavo, y Natalia es libre.

Por eso nos veremos otro día más, en el suburbano, en la oficina, en el viejo supermercado, en la floristería, en la pescadería o en el cementerio: por eso y por la persistencia de nuestra cobardía, que es lo único sólido en este mar de espectros, y encenderemos juntos un cigarrillo sin poder mirarnos fijamente al rostro, porque esto es lo propio de cobardes, retirar la mirada e inclinar el rostro hacia el suelo. No otra cosa sabemos hacer los que todavía seguimos vivos, y es que es en verdad la única tarea que se nos pide. No enfrentarnos, no despertarnos, sino perseverar en nuestra obediencia y seguir tejiendo el hilo que no cesa.

Es el calor de ahí afuera. Creo que se lo dije a Natalia, pero ella ya no estaba allí cuando me di la vuelta para mirarla.

Funeral

Nunca lo he entendido. Sabemos que vamos a morir como ratas, arrojados como bolsas de basura al estercolero, y actuamos con total normalidad, excepto en el momento preciso, de cuyo advenimiento teníamos noticia certera. Llorar ante el féretro es hipócrita. Criminal como la muerte.

Laura me cogía de la mano, y yo se la retiraba todo el tiempo; no quiero ver el rostro del abuelo, ya te lo he dicho, le han puesto dos bolitas de algodón en las fosas nasales para que no se le escurran los sesos, no necesito verlo, pero todos los demás, mirones obscenos, gozaban con ansiedad del macabro espectáculo, igual que cuando la gente come palomitas mientras ve en el cine una película de terror. Pero Laura insistía, yo tuve que marcharme para no herirla, para evitar que la situación se volviera aún más violenta, salí del tanatorio y la luz del sol se estrelló en mis ojos, como un puñetazo; el borracho del pueblo empinaba la cubeta como si no hubiera mañana y yo se la arrebaté, sin permiso, bebía desesperado sin dejar de mirar al sol, con la esperanza de quedarme ciego,

La muerte nos humilla. No lloréis ante mi féretro.

Sacrificio

Todos somos criminales. Como un Abraham que hubiera asesinado a Isaac.

Las orugas jugaban alrededor de mis piernas, pero yo estaba demasiado borracho para darme cuenta. He vivido cosas maravillosas, de las que apenas puedo acordarme, porque siempre que las disfruté estaba ebrio. Las tetas de Julia, los besos con lengua de Leticia. Había una fiesta pero yo estaba demasiado enfermo para poder disfrutar de ella. Las orugas entraban en mis oídos, como mineros expertos y ávidos, y yo me reía sin cesar, aunque estaba ciego. De esta experiencia solo tengo una cifra abstracta, un expediente sin vida. No puedo recordar. No sé donde he vivido. Las orugas penetran en mi frente como una marabunta de huérfanos. También ellas quieren su explicación.

¿Qué has hecho con tu vida?, me dijo el viejo. Yo simplemente empujaba su silla, en dirección de los acantilados. El viento soplaba en nuestro rostro. Nos hería. No he sido nada para nadie. Como la piedra. Como las olas. Soy Abraham llevando en una silla a Isaac. Soy un criminal.