Sacrificio

Todos somos criminales. Como un Abraham que hubiera asesinado a Isaac.

Las orugas jugaban alrededor de mis piernas, pero yo estaba demasiado borracho para darme cuenta. He vivido cosas maravillosas, de las que apenas puedo acordarme, porque siempre que las disfruté estaba ebrio. Las tetas de Julia, los besos con lengua de Leticia. Había una fiesta pero yo estaba demasiado enfermo para poder disfrutar de ella. Las orugas entraban en mis oídos, como mineros expertos y ávidos, y yo me reía sin cesar, aunque estaba ciego. De esta experiencia solo tengo una cifra abstracta, un expediente sin vida. No puedo recordar. No sé donde he vivido. Las orugas penetran en mi frente como una marabunta de huérfanos. También ellas quieren su explicación.

¿Qué has hecho con tu vida?, me dijo el viejo. Yo simplemente empujaba su silla, en dirección de los acantilados. El viento soplaba en nuestro rostro. Nos hería. No he sido nada para nadie. Como la piedra. Como las olas. Soy Abraham llevando en una silla a Isaac. Soy un criminal.

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