Sopa de insectos

No dominamos nuestra lengua, de modo que es igualmente improbable que dominemos nuestros pensamientos. Es Junio, y el autobús va repleto de gente camino del trabajo, sin por qué. Miles, tal vez millones de insectos arden en el interior de las cabezas, insectos con forma de preocupaciones, confesiones o deseos malignos: el amor, la muerte, la enfermedad o el trabajo, el crimen, la vergüenza, el deseo inicuo y el vano afán, esas plagas de langostas que pueblan nuestras cabezas y arrasan la inteligencia y el juicio hierven ahora que el calor es intenso y la sensatez se evapora; miro con desconfianza al conductor, que se seca con un trapo el sudor de la frente y acelera en medio de la niebla caliente levantada por el asfalto, y me pregunto si tal vez esos insectos no se hayan transformado en violentos huracanes en el interior de su cabeza; el zumbido lacerante ha arruinado todo pensamiento claro en mi cerebro: tan solo una lluvia ácida domina mis sentidos, un temblor que sacude mis órganos y una ceguera física y espiritual que me sujeta como el yugo de una borrachera. Las palabras se disuelven como el polvo cada vez que trato de pensar,

pero hay que terminar lo empezado, aunque sea cruel. Aunque sea viernes, y los cuerpos vacíos se arrastren hacia sus hogares para comulgar con sus compañeros de prisión. Miro las lenguas volcánicas ,las curvas tersas de los senos, los labios rojos y carnosos, las piernas solo cubiertas por una tela transparente y minúscula y pienso que ni siquiera en el interior del sol hará tanto calor, me hierve la polla, pero yo ya soy un hombre con responsabilidades, un hombre que tiene un deber moral que realizar y al que está encadenado como un perro a una cadena oxidada. De mí están ausentes los placeres y las ebriedades, el éxtasis que recuerda la vida: mis deberes son moscas negras que rotan ciegamente sobre mí; nada sentiría si me clavasen un cuchillo. Soy una piel seca que se arrastra sin esperanza sobre el asfalto.

Casi tropiezo con el pellejo de un gato muerto. El calor ha hecho que los insectos se pongan bien temprano manos a la obra. Recuerdo la nuca del conductor y su mano alejando la mosca. No le sirvió de nada. Regresó una y otra vez a su cuello hasta que la víctima abandonó por imposible su defensa.

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