Hora del almuerzo

Hoy he comprado una cuerda para matarme, aunque luego estuve entretenido mirando las noticias del periódico mientras terminaba mi sandwich y de alguna manera se me pasó la idea de hacerlo. Además tenía una gran cola para atender tras regresar a mi puesto: todo eran viejas. Las viejas son unas sádicas y unas lunáticas. Mueven sus lenguas avejentadas tras esas pieles entumecidas que tienen por labios cada vez que mi cuchillo desciende sobre las escamas. Se relamen y se les erectan los pezones cuando piden que les corte en pedazos la merluza. Me da asco mirar a los pezones de las viejas, pero en este caso no puedo evitarlo, porque sé que les excitan los pescados triturados. No hace falta más mal en el mundo: con esto basta. Cansadas de parir y de fregar, las viejas malditas se restriegan los pechos con los peces. Puedo imaginarlas en bata, en la cocina, arrojando a la sartén el bicho como quien se quita las bragas delante de su amante. Luego van a misa a rezar y huelen a pescado, huelen a pescado en el interior de la iglesia. ¿Qué clase de falta de respeto a lo sagrado es esto? Por otra parte, me he dado cuenta de que con algunas piezas que venden en Ikea puedo fabricar una viga donde colgarme. Y resulta realmente barato.

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