¿Qué son nuestros padres?

Si nuestros hijos son la semilla, el símbolo de la fructificación, el vástago, el sarmiento, si nuestros hijos son el fruto fresco y joven, la primavera y el almendro, lo viviente y la promesa de lo nuevo, ¿qué son entonces nuestros padres?

Me lo pregunto a menudo, cuando paso por allí y miro de reojo la vieja mansión familiar, enroscada en torno a su decrépita escalera y techada por ese hosco sombrero negro al que llamamos ático de forma demasiado civilizada; allí, como animales prehistóricos o formaciones geológicas cansadas, se pudren los libros, los anaqueles, los álbumes de fotos; es la solidificación seca y ahumada de infancias y juventudes que nunca volverán. Más al fondo aún cavó mi padre un agujero donde poder acumular toda clase de objetos, cubiertos hoy con una manta roída y amarillenta, como efigies sagradas del pasado que han visto sumergir su culto en las tinieblas. En el centro del ático, hay una foto de cuando yo era niño, la sonrisa ingenua y voraz…es raro ver la foto ahí, rodeada de ese piélago herrumbroso que se arrastra hacia el más remoto pasado, para hundirse suave, silenciosamente en él…

¿Qué son entonces nuestros padres? La vara esbelta y antigua que se cimbrea en medio del camino, el hito que separa los desiertos. Un tronco noble y duro, una corteza ahumada que sin embargo cede con el tacto. Esos viejos árboles -secos, estériles- se inclinan hoy, lentamente, ante la severidad de la tierra, cubriendo la luz de última hora en su caída.

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