Vano afán

Antes lo intentaba, muy a menudo; pero ahora me he dado cuenta de que la búsqueda de la razón no es sino un instinto impositivo de nuestros testículos, la afirmación sofisticada de las gónadas. Quien logra casarse con la razón, tiene sin duda un matrimonio atribulado. Desdichado. Y al final, en realidad no ha hecho sino casarse consigo mismo. Con su deseo de poder. Con la satisfacción de su venganza.

Afanarse no siempre es malo, pero, ¿afanarse por nada? (Pedir cita con el peluquero. Guardar los restos del cadáver en el cobertizo del jardín).

Donde no hay luz

Hay días especiales, de esos que no se pueden describir. Horas sagradas, incomunicables. Minutos en los que cruzamos el umbral. Porque casi siempre hay un remedio de última hora para todo- ese trago largo de cerveza, ese cigarrillo devorado, la patada salvífica a la papelera- pero hay días, horas, minutos, en los que esos remedios no bastan. En los que es preciso un acto más. Entonces ya estamos al otro lado. Y ya no podemos hablar.

Llovía con fruición, todo alrededor pareció oscurecerse, aunque creo que eran mis ojos, mis ojos estaban oscurecidos, los restregaba una y otra vez y cada vez veía menos, solo podía escuchar el ruido de la pala y la resistencia del barro húmedo, y yo me preguntaba cómo era posible que el barro húmedo estuviera tan compacto, que fuera tan difícil retirarlo, porque el agujero era todavía demasiado pequeño y los brazos sobresalían diez centímetros por encima de la superficie, la lluvia me empapaba los ojos, me cegaba los ojos, y la pala se escurría en el barro y se hundía al lado del cuerpo, como si no quisiera saber nada de ello, como si se empeñara en hacer mi insidiosa tarea aún más difícil, la mano no se cerraba, era como un cristal endurecido, como un vidrio irrompible, la golpeaba con el extremo de la pala pero no lograba cerrarla, la mano seguía abierta, era una plegaria encendida contra la lluvia, contra mis ojos, contra el mundo; nunca he visto un grito de la naturaleza tan brutal y ensordecedor, un lamento tan ávido de venganza. Yo intentaba pensar en el placer del cuchillo enterrado en la carne, pero ya no lograba recordarlo, porque me ardían los ojos, mis ojos estaban oscurecidos, empapados, no podía ver nada…

Casi siempre hay un último freno de emergencia disponible. Otras veces el tren nos lleva más allá del umbral. Donde no hay luz.

Nunca pasa nada

La vaca permanecía estirada en el centro de la calle como una alfombra, moribunda, embarrada en heces, atravesada por agujas muy finas que sobresalían en un costado y brillaban al sol. En este pueblo nunca pasa nada, me dijo Maite, despejada como siempre, resplandeciente, feliz. Me preguntó por mis hermanos, por Jaime y su enrolamiento en el ejército, por el cultivo de patatas. Debajo de su zapato izquierdo había un chicle. A unos centímetros, la pezuña del bóvido se movía muy lentamente, como un insecto herido de gravedad que lucha sin embargo por su vida. Me di cuenta de que Maite no se había cepillado los dientes: en uno de sus incisivos colgaba el resto de una pieza de verdura. De modo que la perfección es imposible, pensé. Aunque ella retomó su paso con el orgullo de un pavo, nada le libraría de dar con ese terrible hallazgo tarde o temprano. Se miraría al espejo, y se daría cuenta de que su sonrisa infalible le había tendido una cruel trampa. La vaca seguía gimiendo, la voz era ahora siniestra y gutural. El panadero saludó con la mano derecha; como la agonía de la vaca parecía impedirle la comunicación con el tendero, elevó hipócritamente el tono de la voz. Dónde se había metido María, decía, hace mucho tiempo que no la veo, decía. Alguien pisó inadvertidamente la cabeza de la vaca. Aún no era mediodía. El reloj de la torre sonaba con estrépito, pero era incapaz de sobreponerse al llanto del bóvido. Se encuentra de viaje de estudios en Italia, dijo el tendero, que ahora tenía que gritar para hacerse oír. Una vieja pasó a su lado santiguándose, y entonces decidí que era hora de llevar a cabo mis gestiones. Cerré de un portazo y me encaminé hacia el banco. Deposité el cheque en la cuenta y saludé a Emilio, que jugaba con un palillo en la comisura de los labios. Afuera comenzó a llover. Al cabo, vi a Maite- los hombros caídos, el rostro compungido- atravesar el cuadrilátero de la plaza. La saludé entre la lluvia pero no me miró. Pasó al lado de la vaca, pero la agonía se había desvanecido y un silencio opresivo nos cautivó a todos.

Ayer

La mantequilla, cuando está suave y caliente, se impregna mejor en la tostada. Ayer murieron ochenta niños en Mosul. Los zapatos aprietan a causa de la estrechez de la horma; tiene fácil solución si se llevan al zapatero. Ayer murieron ochenta niños en Mosul. No, no es exactamente la muela del juicio, pero, ¡demonios!, duele como un taladro en la mandíbula. Ayer murieron ochenta niños en Mosul. Es una cosa de sentido común, pero los muy hijos de puta nos dejarán también hoy sin aire acondicionado en el autobús. Harto estoy. Ayer murieron ochenta niños en Mosul. Que todo eso está muy bien, pero que no se puede hacer nada, hay que vivir como se puede. Ayer murieron ochenta niños en Mosul. Y le tuve que dar el biberón a las cuatro de la mañana, qué infierno. Ayer murieron ochenta niños en Mosul. La mantequilla, cuando está suave y caliente, se impregna mejor en la tostada. Por eso odio cuando me la ponen recién salida del frigorífico. Es como el café, lo pides templado y te lo traen ardiendo, hay que ser gilipollas. Estas cosas me sacan de quicio.

Soy el mal

Siempre que he podido hacer el mal he hecho el mal. Una vez aplasté a un pájaro moribundo por el mero placer de hacerlo. A veces me pongo cachondo cuando veo a alguien sufrir. En mi imaginación he matado a muchísima gente: los he aplastado con segadoras de cereales, los he pisoteado como uvas frescas en barriles, los he atropellado y triturado como ajo en el molinillo. Pero a pesar de todo soy humano. Ese signo indescifrable. Esa palabra perteneciente a los misterios. No he matado a nadie con mis propias manos, he cometido crímenes tan solo en mi corazón. Pero soy humano. A pesar de todo. Ese adjetivo pretencioso. Esa humareda verbal.

Mañana aniquilaré a algunos más. Mi arma homicida es muy sencilla: tan solo una marca de tinta en el currículum. Los obligaré a perpetuar esa peregrinación degradante hacia el mejor postor al menos un día más. A arrastrar un día más las pieles deshechas de su dignidad. Hay otros carniceros que comprarán su cuero quemado. Mientras caliento mi café, pienso en el mejor método para exterminar a los hombres. Y me doy cuenta de que ya existe, que yo mismo formo parte de esa empresa. No hay un dios. ¿Quién negará mi humanidad?

Objeciones

Sabes, Marta, que el sexo no lo es todo. Que no vale solo con esto. Que los seres humanos… puso sus pechos en mi boca y me asfixió con ellos; mis objeciones se disolvieron en un instante, como la ceniza en la lluvia.

Pescadería

Ahora trabajo en una pescadería, a las afueras de la ciudad. Odio el olor del pescado porque me recuerda cuánto nos parecemos a él y me hace comprender que bajo nuestra ansia por mostrarnos atractivos ante los otros, maquillados, disfrazados, transformados, no somos sino un montón de bolsas de gelatina unidas por hilos y alambres de carne. Corto el pescado y me saltan las tripas a la cara. Cuando me lavo, me doy cuenta de que yo no soy mucho mejor. Dejo un trozo de uña en el lavabo. Huele intensamente a orín. Los demás, fuera, esperan su turno, como mastodontes moribundos o reses camino del sacrificio. He echado mi vida a perder, tan solo porque nunca me tomé muy en serio eso de ser algo o alguien en la vida, dado que de todos modos nos dirigimos siempre a un solo lugar. Eso no lo sabe el pescado, pero no lo hace peor que nosotros. Cuando me aburra de este trabajo, me colgaré de un andamio y se acabó. Tengo que guardar la merluza en el congelador antes de irme a trabajar, o esta noche estará podrida. ¿Por qué el pescado huele siempre tan mal?