Decir la verdad

Ella no sabe todavía si es un hueso humano o animal. Le digo que tiene que ser humano, que los huesos animales no son tan grandes. Pero como ha decidido quedárselo, no tengo forma de confirmar mi propia opinión. Esta tarde viene Gerardo. Tomaremos café con churros en la plaza. No sé cómo comentárselo, pero desde luego que lo haré. Tengo que hacerlo. Le diré que Elena y yo paseábamos por el río cuando nos encontramos el hueso. Aunque esto no es del todo cierto, es más creíble que la realidad. ¿Cómo decir la verdad sin parecer un lunático? Nadie podría creernos. Solo Elena y yo conocemos lo que sucedió aquel lejano día, que aún suena en mi cabeza como una tormenta nauseabunda. Aquel día en que lo molimos a golpes- Elena llevaba un mazo de hierro, yo una vara- y decidimos enterrarlo en aquella zanja profunda y oscura. Llovía entonces como si el cielo se hubiera tragado nuestras esperanzas. Como un niño con un trauma.

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Reunión familiar

Le dije a Severino que las llaves de la taquilla estaban en recepción. No me importa que utilice mi taquilla, no soy escrupuloso en absoluto. Al fin y al cabo, en ella solo guardo la camisa azul y mi paquete de tabaco, y como estoy dejando de fumar, todo irá mejor incluso si Severino decide apropiarse de mis cigarrillos. Entre semana no hay mucho que hacer, solo se trata de controlar la entrada y salida de los niños y ocuparse de la limpieza de la recepción. Antes también nos ocupábamos del vestíbulo, pero el colegio ha contratado a una empresa externa que realiza el trabajo por las noches. Es muy importante cerrar con cuidado las puertas y vigilar la calefacción. Lo demás sigue un proceso rutinario.

Aunque solo he pedido un par de días, me da un poco de pena abandonar el trabajo. Echaré de menos a Eugenia y a Alba, a Federico y a Joaquín. Alba es profesora de matemáticas, y generalmente llevo su correo personal. Luce una larga melena rubia y se maquilla los labios con rojo carmín. Es demasiado mayor para mi gusto, pero es una excelente conversadora y su amabilidad vale oro. En cuanto a Joaquín, se trata de un entrañable profesor de biología que siempre dispone de una sonrisa, incluso en esos días lluviosos en los que es inevitable mojarse y empaparse de barro. Nunca le he visto alterado por algo, ni siquiera cuando alguno de sus alumnos le ha gastado una broma de mal gusto o le ha intentado hacer la vida imposible.

Necesitaba un par de días para arreglar los asuntos familiares. Toda mi familia se encuentra reunida en casa y debo atenderlos. Me encontré a la farmacéutica de camino al supermercado y me dio saludos para ellos. Es una mujer excelente. Cada vez que he necesitado medicinas y la farmacia estaba cerrada, ella me ha facilitado una solución inmediata. También he ido de compras, porque necesitaba un nuevo frigorífico. Luego regresé a casa y me puse a realizar algunos preparativos.

Hacía fresco. Algunas nubes al fondo amenazaban tormenta. Me imaginé la preocupación de Severino: el patio interior del colegio se llena de hojas cuando llueve con fuerza y el trabajo que hay que llevar a cabo para retirarlas es agotador. Los excrementos de las palomas se almacenan como costras volcánicas en los alféizares. Encendí el horno para calentar el pollo. Hoy no me apetece cocinar, pero se trata de un día especial. Hoy estamos todos juntos, disfrutando un día de reunión familiar.

Tuve también que enviar unos paquetes por correo. La oficina estaba llena, pero como siempre, Matilde me atendió con su disposición siempre alegre y su impecable profesionalidad. Me recuerda a una amiga mía del colegio, que estudió durante varios años conmigo. Aunque en realidad ella era más guapa. Miro por la ventana: la tormenta es un hecho. Confío en Severino, porque es un hombre trabajador y severo. De esa clase de severidad un poco ausente que a veces asusta, pero que garantiza un trabajo bien hecho. Un hombre responsable.

Estuve hablando con mi hermano y con mi padre un buen rato, mientras el pollo se asaba en el horno. Permanecieron todo el tiempo un poco distantes. La tormenta debió deprimirlos. Comenzó a llover sin compasión y unas nubes oscuras taponaron el cielo. Luego coloqué los cubiertos sobre la mesa. La cena estaba lista. No me gusta especialmente la música, pero por tratarse de una reunión familiar, decidí que debía animar la velada. Así que puse la radio. Afuera seguía lloviendo.

En realidad estaba nervioso. Desde luego era una cena especial. Mi perro corría de un lado a otro, persiguiendo los truenos. Entonces abrí el congelador y vi la cabeza aplastada de mi madre, como si se tratara de una lechuga echada a perder. No pensé que se descompusiera tan rápido. No entiendo cómo puede surgir este olor putrefacto de algo tan aséptico e indiferente como el hielo. Sin embargo, mi padre estaba relativamente fresco. Me di cuenta de que había encajado demasiado profundamente el martillo en el interior del cráneo de mi madre, de ahí que presentara un aspecto tan deforme, como de una calabaza un poco achatada. Las extremidades superiores de mi hermano estaban tiesas, en forma de aspa, como los brazos de un molino. Escuché un zumbido y sonreí al darme cuenta de que se trataba de un mensaje telefónico de Alba. ‘¡Pásalo muy bien esta noche con tu familia!’, decía. Es una mujer maravillosa. Pensé también en el pobre Severino. Esta noche caería rendido sobre la cama. Las tormentas siempre nos hacen trabajar más de lo debido.